En 2026, la ciberseguridad dejará de ser un problema puramente tecnológico para convertirse en un problema humano, económico y estructural. La combinación de IA inaccesible para muchos, la sobrecarga cognitiva, los ataques post-autenticación y la presión financiera convierte a las identidades —humanas y de máquina— en el principal campo de batalla. Y cuando las defensas técnicas se vuelven invisibles o demasiado complejas, el ser humano pasa a ser el punto de entrada más eficaz.
Según los expertos de CyberArk, las previsiones apuntan a cuatro grandes tendencias que, en conjunto, dibujan un escenario preocupante para las organizaciones de todos los sectores:
1. Para muchos, la promesa de la IA seguirá sin cumplirse
En 2026, la carrera global por el hardware de inteligencia artificial será más intensa que nunca. La demanda de minerales críticos, capacidad de fabricación y chips avanzados está disparándose, especialmente entre Estados Unidos y China. Con aranceles, restricciones a la exportación y cadenas de suministro cada vez más tensas, las organizaciones se enfrentarán a enormes dificultades para acceder a los recursos necesarios para ejecutar IA a escala.
Esta brecha impactará de forma desigual al mercado: mientras que los grandes proveedores tecnológicos refuerzan su dominio adquiriendo hardware a gran escala e incluso plantas de energía para abastecer sus centros de datos, las organizaciones medianas y pequeñas quedarán relegadas a servicios en la nube cada vez más costosos y menos accesibles. El precio de ejecución de cargas de IA —con servidores GPU que superan los 350.000 dólares y costes de procesamiento en la nube de hasta 7.000 dólares diarios— hará que, para muchos, la IA siga siendo más una promesa que una realidad operativa viable.
2. Sobrecarga cognitiva y fatiga de decisiones de seguridad
La saturación de avisos, advertencias y solicitudes de autenticación alcanzará un punto crítico. La “fatiga de decisión” en seguridad se convertirá en un riesgo tangible y medible. Ante un exceso de notificaciones, los empleados tenderán a desconectarse, ignorar alertas o tomar decisiones apresuradas, lo que abrirá la puerta a ataques de phishing e ingeniería social más efectivos.
Las organizaciones deberán replantear la experiencia de usuario en seguridad. Se impondrá la automatización de decisiones rutinarias y la reducción drástica de fricciones innecesarias. Los programas de ciberseguridad más exitosos serán aquellos capaces de priorizar las acciones verdaderamente críticas y minimizar la carga cognitiva de sus empleados mediante análisis de comportamiento y modelos adaptativos.
3. Los ciberdelincuentes redoblarán las técnicas post-autenticación
Los atacantes centrarán sus esfuerzos en una estrategia clara: robar credenciales legítimas en lugar de intentar romper defensas técnicas. Para los usuarios humanos, el objetivo serán las cookies del navegador, elementos que permiten mantener sesiones activas sin necesidad de volver a iniciar sesión. Al robarlas, los ciberdelincuentes podrán secuestrar sesiones completas, evadir multifactor y hacerse pasar por usuarios reales sin activar alertas tradicionales.
En el ámbito de las identidades de máquina, el botín equivalente serán las claves de API y los tokens de acceso, pues comprometerlas puede permitir un control total sobre servicios críticos, manipulación de datos y movimientos laterales silenciosos.
Este “prisma de robo de credenciales” implica que todas las identidades —humanas y de máquina— deberán ser tratadas como activos de alto riesgo. La protección, monitorización continua y revocación inmediata de credenciales comprometidas será indispensable para prevenir daños significativos.
4. Las dificultades económicas impulsarán un aumento de las amenazas internas oportunistas
El concepto tradicional de “insider malicioso” cambiará sustancialmente en 2026. Ya no se tratará exclusivamente de empleados descontentos que actúan de forma aislada, sino de trabajadores motivados económicamente por grupos de ciberdelincuencia organizada o incluso actores estatales.
En este contexto, las identidades —humanas y de máquina— se consolidan como el nuevo perímetro de seguridad y su protección, monitorización continua y gestión del privilegio se convertirán en los elementos críticos para la resiliencia empresarial en 2026.